Investigadores de la Universidad de Auckland analizaron 71 estudios previos con casi 3.500 participantes de diferentes edades y hábitos alimentarios. El resultado fue contundente: no existen pruebas consistentes de que el ayuno a corto plazo perjudique la función cognitiva. La revisión, publicada en la revista Psychological Bulletin, abarcó desde pruebas de memoria y toma de decisiones hasta ejercicios de velocidad de reacción y resolución de problemas. El ayuno intermitente implica limitar la ingesta de alimentos a determinadas horas del día, por ejemplo, 16 horas sin comer y 8 horas de alimentación. Durante ese tiempo, el organismo utiliza las reservas energéticas y libera cetonas, que pueden servir como fuente alternativa de combustible para el cerebro. Los investigadores observaron que la agudeza mental se mantiene estable hasta unas 12 horas sin comer. Solo cuando los periodos de restricción superan ese umbral se detectan pequeñas disminuciones en la concentración o la velocidad de procesamiento. El análisis reveló una excepción importante: los niños y adolescentes son más vulnerables a los efectos del ayuno. En ellos, la falta de desayuno o de comidas regulares sí se asocia a un peor rendimiento escolar y a mayores dificultades de atención. Los autores desaconsejan aplicar regímenes de ayuno intermitente en etapas de crecimiento o en personas con necesidades energéticas elevadas.