Dormir menos de siete horas altera las hormonas que regulan el hambre y la saciedad, aumentando la grelina y disminuyendo la leptina. Esto lleva a un mayor consumo de alimentos ultraprocesados y una peor planificación alimentaria. La dieta también influye en la calidad del sueño, ya que una dieta equilibrada con proteínas, fibra y alimentos frescos favorece un sueño más profundo y prolongado. La Universidad de Pisa y el grupo Sleep Breathing Physiology and Disorders han realizado estudios que respaldan esta relación. La Universidad de Tsukuba también ha encontrado que una dieta cargada de grasas, sodio y azúcares simples se asocia con despertares nocturnos y sueño fragmentado. El equilibrio entre sueño y alimentación se sostiene sobre una red hormonal compleja, incluyendo la leptina, la grelina, la adiponectina y la melatonina. Mejorar la alimentación y el descanso simultáneamente es clave para restablecer el equilibrio. Se recomienda mantener horarios regulares de comida y sueño, evitar cafeína, alcohol y pantallas antes de acostarse, cenar al menos dos horas antes de dormir y priorizar frutas, verduras, cereales integrales y fuentes de proteína magra.