La ciencia confirma que creer en algo, ya sea en lo divino, valores profundos o en uno mismo, genera efectos positivos reales sobre cuerpo y mente. El cerebro premia nuestras convicciones activando regiones específicas vinculadas al placer y la motivación. Durante prácticas como la oración o la meditación se estimula el sistema dopaminérgico, en especial el núcleo accumbens. Estudios han demostrado que estas experiencias espirituales generan patrones similares a los provocados por estímulos como la música, el amor o el sexo. Sentir que nuestra vida tiene propósito puede influir en la salud, con un menor riesgo de mortalidad, mejor función pulmonar y mayor resistencia al deterioro físico. Tener múltiples fuentes de sentido se asocia a mayor resiliencia emocional, menor riesgo de depresión y más satisfacción vital. El concepto japonés de ikigai resume esta idea: encontrar tu motivo puede cambiar tu vida.