La guerra entre Ucrania y Rusia no solo se libra con drones armados, sino también con señuelos baratos que obligan a gastar defensas. Ambas partes emplean tácticas de engaño para saturar y agotar la capa de interceptación enemiga. La historia militar moderna contiene ejemplos paradigmáticos, como el caso del ADM-20 Quail, que ilustra la conversión de la vulnerabilidad en ventaja mediante imitadores transitorios. Rusia ha industrializado el Shahed de origen iraní para saturar defensas, mientras que Ucrania ha combinado vehículos de ataque con artificios low-cost diseñados en talleres locales. La economía del enfrentamiento es brutalmente simple: un Shahed de unas decenas de miles de dólares puede forzar la respuesta con misiles aire-aire o surface-to-air cuyo precio por unidad puede multiplicar a los del blanco por factores de decenas o cientos. La introducción de decoys con componentes EW o relés de comunicaciones añade otra capa de complejidad. La proliferación de estas tácticas erosiona la sostenibilidad del uso intensivo de interceptores convencionales y presiona a las naciones a invertir en alternativas. En 2024, Rusia industrializó el Shahed, y en el mismo año, Ucrania ha desarrollado unidades de artillería antiaérea y drones interceptores que han probado su eficacia.