A comienzos de septiembre, el Caribe se convirtió en un tablero de guerra híbrida con operaciones antidroga, sanciones financieras y despliegues militares. Estados Unidos abrió una base que llevaba cerrada 20 años y ha desplegado tres bombarderos estratégicos B-52, escoltados por cazas F-35 y apoyados por aviones cisterna y drones de reconocimiento, frente a las costas de Venezuela. La maniobra es una exhibición deliberada de fuerza en un contexto de presión contra el régimen de Nicolás Maduro. Los B-52 pueden portar decenas de misiles de crucero de largo alcance. En apenas dos meses, el Pentágono ha desplegado en la región un dispositivo naval y aéreo que incluye tres destructores, un crucero lanzamisiles, un submarino nuclear y una agrupación anfibia con más de 2.000 marines. Trump ha declarado que estudia 'golpear en tierra venezolana' y ha autorizado a la CIA a desarrollar operaciones encubiertas en territorio venezolano. Maduro acusó a Estados Unidos de preparar una invasión y denunció ante Naciones Unidas lo que calificó como 'una violación gravísima del derecho internacional'.