En 1998, el médico británico Andrew Wakefield publicó un estudio que sugería una relación entre la vacuna triple vírica y el autismo, lo que generó un impacto mediático inmediato y una disminución en las tasas de vacunación. Sin embargo, pronto se descubrió que Wakefield había falseado los datos y la comunidad científica lo condenó. Desde entonces, se han realizado numerosos estudios en Reino Unido, Japón, Polonia, Dinamarca y EE. UU. que desmienten por completo esa relación. En 2014, una revisión de más de 1.300.000 casos demostró que no hay mayor riesgo de autismo entre niños vacunados. En 2021, una evaluación de más de 56.000 investigaciones confirmó que las vacunas son seguras y no causan trastornos del neurodesarrollo. El timerosal y el aluminio, componentes de algunas vacunas, también han sido objeto de estudio y no se han encontrado riesgos reales. Las vacunas han evitado más de 154 millones de muertes infantiles en los últimos 50 años y son uno de los avances más seguros y efectivos de la medicina moderna.