Tras la caída del Imperio romano de Occidente, Bizancio se convirtió en el refugio del saber médico griego. En el año 395, el Imperio romano se dividió en dos: Occidente y Oriente, con capital en Constantinopla. La medicina bizantina no reglamentó la titulación ni la enseñanza médica, pero los hospitales alcanzaron un enorme desarrollo. Basilio el Grande ordenó la construcción de grandes instalaciones hospitalarias cerca de Cesárea, comenzando la historia del hospital en el Occidente cristiano. Los xenodochias, o albergues para extranjeros, se crearon en Edesa, Antioquia y Éfeso. La medicina bizantina destacó por sus técnicas quirúrgicas y enciclopedias médicas, como la Synagogai de Oribasio de Pérgamo, que constaba de setenta volúmenes. Otros médicos destacados fueron Alexandro de Tralles, Etión de Amida y Pablo de Egina, quien escribió la Epitome medicae, una obra en siete libros que se convirtió en referencia médica en Bizancio, el islam y Europa medieval. La medicina bizantina inspiró tanto a Europa como al mundo islámico, y sus avances en cirugía y medicina se reflejan en la obra de estos médicos.