Cada persona es el resultado de un delicado equilibrio entre dos legados genéticos, uno de la madre y otro del padre. La madre transmite el ADN mitocondrial, que influye en procesos como el metabolismo, la resistencia física y el ritmo de envejecimiento. Las enfermedades mitocondriales solo pueden transmitirse por vía materna. La madre también deja su huella en afecciones oculares como la miopía patológica o el daltonismo, y en rasgos físicos como el color y textura del cabello. El padre, por otro lado, transmite ciertos rasgos como la altura, influida por genes como los IGF, y la determinación del sexo. El padre también puede legar trastornos ligados al cromosoma Y, como la hipertricosis de las orejas o dedos de los pies palmeados. La salud dental también puede ser un legado paterno, con dientes mal alineados o mayor predisposición a caries. La inteligencia y el temperamento también están ligados a genes heredados de la madre.