Matt Walker y Andrew Huberman explican cómo optimizar el descanso con hábitos cotidianos respaldados por la ciencia. El sueño no es un bloque monótono, sino un delicado vaivén entre fases profundas y periodos donde soñamos. Cada ciclo dura unos noventa minutos, alternando entre sueño no REM y sueño REM. La falta de sueño castiga la salud, desordenando el bienestar físico y emocional. La exposición diaria a la luz natural calibra el reloj interno, y absorber al menos media hora de sol matutino refuerza el ciclo sueño-vigilia. La cafeína persiste más horas de las que se imagina, y dejar de consumirla entre ocho y diez horas antes de dormir es ideal. El alcohol interrumpe el sueño después de ayudar a conciliarlo, recortando la fase REM. Dormir una siesta breve puede ser un gran aliado para la mente y el corazón, aumentando la alerta en un 50% y el rendimiento en un 34%. Mantener horarios regulares, incorporar un ritual relajante antes de acostarse y guardar los dispositivos electrónicos lejos de la cama pueden reducir el tiempo para quedarse dormido.