En los últimos meses, el Caribe ha vuelto a sonar a guerra. Bombarderos B-52 estadounidenses han surcado el cielo frente a las costas de Venezuela, helicópteros de operaciones especiales han sobrevolado el golfo de Paria y una flotilla de destructores Aegis patrulla las aguas donde se han hundido varias embarcaciones acusadas de transportar droga. La estrategia de Washington es presentar al líder venezolano Nicolás Maduro como un narcoterrorista, ofreciendo recompensas de hasta 50 millones de dólares por su captura. La CIA ha recibido autorización presidencial secreta para llevar a cabo operaciones encubiertas y acciones letales dentro de Venezuela. Más de diez mil soldados estadounidenses se concentran en bases de Puerto Rico y en buques anfibios, y el Ejército ha desplegado helicópteros de asalto del 160th Special Operations Aviation Regiment. La narrativa del combate al narcoterrorismo ofrece una puerta de entrada para una operación limitada, pero un movimiento así implicaría un riesgo enorme: la posibilidad de una guerra regional, la ruptura de alianzas y una crisis humanitaria de gran escala.