Veinte años después de la desaparición de Arthur Miller, la izquierda española sigue empeñada en criticar el sueño americano. Julen Bollain, un activista de izquierdas, ataca a los tres millones de autónomos en España, argumentando que menos autónomos significa más empleo estable y menos precariedad. Eduardo Garzón, otro activista, presenta un gráfico que intenta demostrar que cuanto más rico es un país, menos autónomos tiene. Sin embargo, el gráfico no es concluyente, ya que países como Corea del Sur y Italia tienen un porcentaje alto de autónomos y un PIB per cápita elevado. La izquierda española parece detestar tanto a los autónomos como a las grandes empresas, lo que plantea la pregunta de dónde está el problema. La respuesta puede estar en que los emprendedores no votan a la izquierda porque no les gusta el asistencialismo que se les ofrece. La fórmula para mejorar el país no pasa por acabar con los emprendedores, sino por mejorar su formación para que sus proyectos tengan más recorrido. En Estados Unidos, solo el 6% de los trabajadores son autónomos, pero esto se debe a que la mayoría opera a través de empresas. La dinámica de la historia es sencilla: la izquierda promete ayudar a las personas, pero en realidad solo busca votos. La forma de pensar de Julen y Eduardo es la que empobrece sociedades, como se ve en el ejemplo de un tipo que lava platos en Arkansas y tiene que enviar dinero a su hermano ingeniero en Caracas para que pueda comer.