En 1959, científicos soviéticos liderados por Dmitri Belyaev y Lyudmila Trut iniciaron un experimento para domesticar zorros. El objetivo era determinar si la selección de ejemplares mansos podía llevar a la aparición del síndrome de la domesticación. Después de 15 generaciones, lograron obtener zorros mansos, como Pushinka, que podían convivir con los humanos. El experimento continuó durante más de seis décadas, incluso después de la caída de la Unión Soviética. Los resultados mostraron que los zorros domesticados presentaban rasgos característicos, como orejas flácidas y pelaje moteado. Además, se encontró que los zorros urbanos en Europa y otros lugares del mundo también estaban experimentando un proceso de autodomesticación, con cambios en su morfología, como hocicos más cortos y anchos, y cerebros más pequeños. Esto plantea interrogantes sobre las implicaciones éticas y ecológicas de domesticar animales salvajes sin ser conscientes de ello.