En 1959, los genetistas Dmitri Belyaev y Lyudmila Trut iniciaron un experimento en la Unión Soviética para domesticar zorros rojos. La hipótesis era que, con generaciones de cría controlada, aparecería el síndrome de domesticación. Quince generaciones después, ya había ejemplares capaces de convivir con personas. El experimento sobrevivió al colapso de la URSS y se prolongó más de seis décadas. Actualmente, se está estudiando si los zorros urbanos están experimentando un proceso similar de autodomesticación. El biólogo Kevin Parsons estudió más de un centenar de cráneos de zorros urbanos y rurales y encontró que los zorros de ciudad tenían hocicos más cortos, cabezas más anchas y cerebros más pequeños que sus equivalentes rurales. Esto sugiere que la convivencia constante con humanos podría estar moldeando su anatomía y comportamiento. La adaptación a la vida urbana puede alterar su papel en los ecosistemas y aumentar la transmisión de enfermedades. Comprender este fenómeno es clave para gestionar una relación que, consciente o no, estamos transformando día a día. Los genetistas Belyaev y Trut murieron en los años 80 y 2024, respectivamente, pero los descendientes de aquellos zorros aún existen.