Robert Ballard, oceanógrafo y oficial naval, localizó los restos del Titanic en 1985, después de encontrar dos submarinos nucleares hundidos en el Atlántico, el USS Thresher y el USS Scorpion, en una misión secreta ordenada por Ronald Reagan. La búsqueda del Titanic se llevó a cabo en solo 8 días, a una profundidad de casi 4 kilómetros y a 600 kilómetros de Newfoundland, Canadá. El hallazgo generó una explosión de júbilo en la tripulación, pero pronto se transformó en solemnidad al contemplar la magnitud de la tragedia. Ballard y su equipo juraron no extraer nada del naufragio y tratarlo con respeto. La Guerra Fría se libró en silencio bajo el océano, lejos de la vista pública, y el descubrimiento del Titanic fue solo una parte de una revelación mayor. La historia del descubrimiento se convirtió en una crónica donde lo científico y lo militar se mezclaron, recordándonos que incluso los mitos más románticos pueden esconder secretos estratégicos. La expedición se llevó a cabo en un barco de investigación, y el equipo de Ballard utilizó tecnología avanzada para localizar los restos del Titanic. La búsqueda del Titanic fue un éxito, y el equipo de Ballard pudo estudiar los restos del naufragio en detalle.