Hace 2.800 años, Jerusalén enfrentó una sequía prolongada y el rey Joás o su sucesor Amasías decidieron construir la presa de Siloé para garantizar la supervivencia de la ciudad. La presa fue diseñada para resistir el tiempo y sostener la vida urbana frente a la incertidumbre climática. Un estudio del Instituto Weizmann de Ciencias, en colaboración con la Autoridad de Antigüedades de Israel, dató la construcción de la presa entre 805 y 795 a. C. utilizando técnicas innovadoras como la datación por radiocarbono. La construcción de la presa fue una muestra de poder político y organización, y garantizó a Jerusalén una estabilidad crucial frente a los vaivenes del clima. El estanque de Siloé se convirtió en un símbolo de resiliencia y en el eje de un sistema que perduró siglos. La lección de la Jerusalén de la Edad de Hierro es que la adaptación climática requiere innovación, inversión y visión a largo plazo.