La psicóloga Gisela Gilges explica que cuando sentimos ganas de llorar y alguien nos abraza, aparece un mensaje profundo: el cuerpo entiende que ya no tiene que pelear, que alguien va a cuidarnos. El abrazo nos permite dejar de estar en alerta y nos ofrece un espacio seguro donde la emoción puede expresarse. La tensión se disuelve y el llanto se convierte en la vía natural de liberación. El contacto físico, como un abrazo, activa el sistema parasimpático, responsable del descanso y la recuperación. Algunos estudios han demostrado que el contacto cercano disminuye la presión arterial y los niveles de cortisol, facilitando una respuesta de calma que abre la puerta a las lágrimas. El abrazo estimula la liberación de oxitocina, conocida como la hormona del vínculo. El psicólogo Ad Vingerhoets sostiene que llorar cumple funciones sociales y biológicas: reduce la tensión interna y, al mismo tiempo, envía una señal al entorno de que necesitamos apoyo. La psicóloga clínica Judith Kay Nelson afirma que el llanto compartido fortalece vínculos y puede ser una forma de comunicación más potente que las palabras.