Sánchez utiliza el conflicto entre Israel y Palestina como una cortina de humo para desviar la atención de sus problemas políticos, como la corrupción y la sumisión a los separatistas catalanes y vascos. En los últimos 7 años de gobierno, Sánchez ha demostrado ser un individuo sin escrúpulos ni límites que antepone su bienestar personal y político a cualquier otra cosa. Su crítica a Israel no es creíble, ya que no ha condenado con el mismo arrojo al Régimen venezolano liderado por Nicolás Maduro. Sánchez está utilizando a España como rehén en su intento desesperado por mantenerse en el poder, lo que puede tener consecuencias diplomáticas negativas. En un plazo máximo de 2 años, Sánchez dejará de ser presidente y su legado será recordado como una mala coyuntura para España.