El yacimiento neolítico de Çatalhöyük, ocupado entre 7100 y 6000 a.C., muestra una conexión entre vida y muerte en un asentamiento que prescindió de monumentos públicos. La casa se erigió como núcleo vital y ritual, uniendo vida doméstica y memoria de los muertos. Se han encontrado cientos de enterramientos en contextos domésticos, revelando que los muertos no se excluyeron de la vida social, sino que se incorporaron físicamente a ella. La construcción de un nuevo edificio solía estar marcada por deposiciones funerarias estratégicas, como el caso del Edificio 42, donde se depositó el esqueleto de una mujer anciana. La mayor parte de las inhumaciones se realizaron en las casas mientras estas estaban habitadas, compartiendo espacio con los vivos. Se han encontrado 740 individuos excavados, y los estudios genéticos han mostrado la ausencia de lazos de parentesco directo entre los cuerpos hallados en una misma casa. Las viviendas funcionaban como nodos de memoria colectiva que iban más allá de los lazos de sangre.