En la Edad Media, los hombres llevaban zapatos de punta, conocidos como poulaines o cracovianas, que podían alcanzar hasta 50 cm de longitud. Esta moda surgió en el siglo XIV en Europa, específicamente en la corte francesa y la nobleza polaca, y se expandió rápidamente por Inglaterra, Italia y la península ibérica. La longitud de la punta del zapato era un indicador de la posición social, cuanto más larga, mayor prestigio. Sin embargo, esta moda tuvo consecuencias médicas negativas, como la deformidad conocida como hallux valgus, que afectó a un 43% de los enterrados en el convento agustino de Cambridge entre los siglos XIV y XV. Los investigadores encontraron que la prevalencia de esta deformidad fue mucho mayor en los contextos de élite que en los ambientes rurales, y que los zapatos de punta redujeron la calidad de vida de las elites medievales, causando dolores crónicos, dificultades para caminar y un mayor riesgo de padecer caídas graves. La moda del zapato puntiagudo fue condenada por las autoridades eclesiásticas y seculares, y finalmente se prohibió en el siglo XV.