La derrota de Napoleón en Waterloo el 18 de junio de 1815 marcó el fin de su imperio y también la desaparición de su tesoro personal. Antes de la batalla, Napoleón había dispuesto viajar con una considerable carga de riquezas, incluyendo diamantes por valor de 800.000 francos y un valioso collar de brillantes. El convoy del tesoro, que incluía un millón en oro y entre 100.000 y 200.000 francos en plata, se convirtió en una carga pesada y peligrosa. Tras la derrota, el ejército francés se desintegró y el convoy del tesoro fue saqueado. La primera carroza del séquito imperial fue interceptada y se produjo un embotellamiento que los saqueadores aprovecharon para abalanzarse sobre la carroza portavalores. El landó de Napoleón también fue capturado y se encontraron documentos, un neceser y otros objetos de valor. El saqueo del tesoro de Napoleón se estimó en una cifra colosal, superando el fondo logístico utilizado para financiar el ejército. Los objetos personales de Napoleón, incluyendo un neceser y un servicio de té, también fueron confiscados. El robo del tesoro de Napoleón marcó la disolución del aura imperial de Napoleón y su poder se vio reflejado en el robo masivo de su legado material.