La sensación de asco cumple una función vital para la supervivencia. Investigaciones recientes revelan que las mujeres sienten esta emoción con más intensidad que los hombres. En macacas japonesas, las hembras limpian la comida antes de ingerirla, reduciendo el riesgo de parásitos intestinales. En Tanzania, las hembras de babuino oliva evitan aparearse con machos infectados por bacterias similares a la sífilis. En experimentos de laboratorio, mujeres occidentales suelen puntuar más alto en repulsión frente a imágenes o relatos desagradables. La ecóloga Cécile Sarabian explica que estas conductas protectoras explican en parte por qué las hembras de primates suelen vivir más que los machos. El asco funciona como primera línea de defensa del sistema inmune, especialmente en mujeres embarazadas, cuya inmunidad se reduce para proteger al embrión. La emoción se agudiza en este estado, asociándose a menos signos de infección. La mayor sensibilidad femenina al asco tiene sentido desde la perspectiva evolutiva, al minimizar riesgos de contagio que podrían afectar a sus crías.