El hormigón romano, conocido como opus caementicium, ha sido estudiado por investigadores contemporáneos debido a su capacidad de autorepararse. La cal viva y los clastos reactivos son los elementos clave que activan este proceso en presencia de agua. El equipo de Admir Masic del MIT ha analizado fragmentos del Panteón y acueductos romanos utilizando técnicas de microscopía electrónica de barrido y difracción de rayos X. Los resultados mostraron la presencia de estructuras nanoparticuladas de cal reactiva en la matriz del hormigón. Ensayos posteriores replicaron estas técnicas en laboratorios modernos, mezclando 20% de ceniza volcánica con un 5% a 15% de cal viva. El hormigón así formulado fue sometido a pruebas de fisuración y posterior inmersión en agua, observándose el cierre parcial o total de las grietas tras algunas semanas. Un grupo de investigadores sudamericanos replicó estas formulaciones con materiales locales, encontrando que un 5% de cal viva optimizaba la resistencia estructural y la capacidad de curación. La capacidad de autocuración del hormigón romano reduce la necesidad de reparaciones y disminuye la demanda de materiales nuevos, lo que puede traducirse en una mejora significativa en la sostenibilidad del ciclo de vida.