En el corazón del bosque de Harvard, una torre de 30 metros registra los flujos de dióxido de carbono desde 1989. El químico atmosférico Steven Wofsy instaló la torre para resolver el misterio del carbono faltante, que se refiere a la diferencia entre las emisiones de dióxido de carbono generadas por la humanidad y los niveles medidos en la atmósfera. Los resultados mostraron que el bosque absorbía alrededor de dos toneladas de carbono por hectárea cada año. La torre utiliza la técnica de covarianza de remolinos para medir el flujo neto de carbono. Los hallazgos del Bosque de Harvard inspiraron una red global de torres de flujo, que han permitido conocer que la Amazonia está cerca del equilibrio y que los bosques boreales del norte acumulan reservas inmensas de carbono. La nueva generación de torres, como la EMS 2.0, cuenta con instrumentos más precisos y sensores capaces de registrar múltiples gases. La bióloga Michele Holbrook advierte que la biosfera terrestre absorbe entre el 25 y el 30% de las emisiones de dióxido de carbono y que es fundamental conocer qué están haciendo nuestros bosques para mantener el equilibrio.