El nitrógeno líquido se presenta como una alternativa a los combustibles limpios, superando al hidrógeno y a las baterías eléctricas. Constituye el 78% de la atmósfera terrestre y, al enfriarse a -196 °C, se convierte en líquido, capaz de almacenar una enorme cantidad de energía. Cuando regresa a su estado gaseoso, multiplica su volumen y genera la presión suficiente para mover un motor sin producir emisiones contaminantes. Su gran ventaja frente al hidrógeno es la seguridad: es más fácil de almacenar, menos inflamable y puede generarse usando energías renovables. En comparación con las baterías eléctricas, el nitrógeno líquido ofrece una experiencia más parecida al repostaje tradicional, reduciendo costes y mejorando la eficiencia. El reto radica en los depósitos criogénicos necesarios, que encarecen la tecnología. Aun así, sus beneficios lo convierten en una apuesta sólida dentro de la movilidad sostenible.