Hace casi seiscientos años, el planeta se sumió en un inesperado enfriamiento. Los anillos de los árboles lo conservaron en su memoria, los glaciares avanzaron y las crónicas medievales describieron inviernos interminables, cosechas arruinadas y ríos congelados. Un estudio publicado en Communications Earth & Environment, desarrollado por investigadores de Corea y Rusia, analizaron fragmentos de ceniza microscópica atrapada en el hielo antártico. Su composición reveló una historia de fuego doble: una mitad provenía del volcán Kuwae, en el Pacífico Sur, y la otra de un volcán del hemisferio sur aún no identificado. Las partículas gruesas del volcán sureño llegaron primero al hielo antártico, seguidas por las más finas del Kuwae, lo que sugiere erupciones separadas por apenas unos meses. Ambos eventos lanzaron millones de toneladas de dióxido de azufre (SO₂) a la atmósfera. Al reaccionar con el vapor de agua, ese gas formó diminutas gotas de ácido sulfúrico que bloquearon parcialmente la radiación solar, enfriando el planeta y alterando el régimen climático durante más de una década. La Antártida alberga uno de los mayores sistemas volcánicos del planeta, con más de 140 volcanes subglaciales, de los cuales 91 nunca habían sido descritos. Algunos superan los 3.600 metros de altura y podrían influir en el derretimiento del hielo desde las profundidades, alterando el equilibrio del continente.