Ariel, una de las lunas más grandes de Urano, podría haber albergado un océano subterráneo de hasta 160 kilómetros de profundidad. Las imágenes obtenidas por la Voyager 2 en 1986 mostraban un paisaje intrigante con valles y cañones que se extienden durante cientos de kilómetros. Los investigadores creen que esas marcas son las cicatrices de un pasado más activo, donde la órbita de Ariel fue más elíptica, generando intensas fuerzas de marea que estiraron y comprimieron su interior, liberando calor y derritiendo parte del hielo interno. El amoníaco detectado en la superficie de Ariel indica que el material del interior emergió hace relativamente poco en términos geológicos. La próxima gran misión recomendada por la comunidad científica internacional será una sonda a Urano y sus lunas, con lanzamiento previsto hacia la década de 2030, para mapear el hemisferio norte nunca fotografiado y comprobar si aún se esconden rastros de un océano.