En Shenzhen, ciudad con 18 millones de habitantes, el rascacielos SEG Plaza de 70 plantas ha generado un fenómeno insólito. La espera del ascensor puede prolongarse hasta media hora, lo que ha llevado a la aparición de corredores improvisados que se ofrecen como intermediarios para entregar comida. Estos corredores, como Li Linxing, un joven de 16 años, reciben las bolsas de comida en la entrada y, a cambio de una pequeña comisión de 28 céntimos de euro por pedido, asumen el último tramo hasta el cliente. La mecánica es sencilla: el repartidor llega en moto, entrega la bolsa, escanea un código QR y sigue su ruta. Shao Ziyou, conocido como el primero en establecerse en la entrada del SEG Plaza, ha tejido una red de ayudantes a los que subcontrata las entregas, quedándose con una pequeña fracción de cada pedido. En jornadas normales, coordina entre 600 y 700 órdenes. La pandemia de 2020 consolidó esta práctica al disparar la dependencia del reparto de comida. Los corredores no tienen contrato, seguro o derechos laborales, y se trata de una actividad tolerada en la práctica, pero fuera de cualquier marco regulado.