Europa, que fue el motor intelectual y creativo del planeta, ahora se enfoca en regular y legislar sobre el futuro en lugar de inventarlo. La Unión Europea produce normas con la misma pasión con la que antes producía inventos, pero sin capacidad real de dirigir el progreso. El problema no es solo económico o demográfico, sino cultural. La regulación se ha convertido en la nueva identidad de Europa, que pone límites a tecnologías que no controla. La obsesión por regular nace del miedo a la irrelevancia. Europa no compite en escala ni en capital, pero se aferra al prestigio de su modelo normativo como un escudo cultural. El sueño europeo actual no es el progreso, sino la estabilidad. La innovación exige fricción, riesgo y desobediencia, tres ingredientes que el Viejo Continente ha aprendido a domesticar. Japón es un ejemplo de un país que ha encontrado belleza en su quietud, pero Europa busca dignidad en la suya. La diferencia es que Japón siempre tuvo claro que su aislamiento era voluntario, mientras que Europa se encierra en su propio laberinto burocrático creyendo que todavía lidera. En los años ochenta, Japón era sinónimo de futuro, con empresas como Sony, Toshiba, Panasonic, Nintendo y Toyota. Ahora, Europa transita la misma senda, aunque a otro ritmo y bajo otra bandera.