La historia del ejército romano se puede analizar desde una perspectiva social y cultural, estudiando cómo los soldados se percibían a sí mismos y cómo construían un sentido de pertenencia. Durante la República, los soldados eran campesinos o comerciantes que servían al ejército por temporadas, pero con el tiempo, el servicio se extendió y el soldado comenzó a concebirse como un profesional. La comunidad de los comilitones, los compañeros de tienda, conformaba el primer núcleo de cohesión. La identidad se expandía a la centuria, la cohorte y la legión. Los símbolos, como escudos, insignias y emblemas, servían como un lenguaje interno que distinguía a cada grupo y reforzaba la cohesión. La apariencia de la soldadesca, con cinturones con placas metálicas y tiras colgantes, producía un ruido característico que confería al soldado una presencia imponente. La memoria e identidad en los monumentos funerarios ilustran los modos en los que los soldados querían ser recordados. Según los investigadores, en las legiones romanas no existía un uniforme estandarizado, y la similitud entre las piezas del equipo militar se debía más a la imitación y a la circulación de modelos que a un control oficial. El ejército romano se convirtió en una comunidad en la que los individuos forjaban identidades múltiples, como ciudadanos, miembros de una unidad, soldados profesionales y parte de un linaje militar.