La antigua Grecia desarrolló un complejo entramado de espionaje y traición que influyó en el curso de las guerras y la política. El espionaje se integró en la lógica de la guerra hoplítica y naval, especialmente a partir de las Guerras Médicas. Las polis griegas desarrollaron redes de agentes en tierra y mar, y figuras históricas como Temístocles y Pausanias desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo de las estrategias de espionaje. El espionaje trascendía el ámbito bélico y se utilizaba en la vida política, con la vigilancia mutua y la denuncia como herramientas de control. La información se convirtió en un recurso valioso, y el envío de mensajeros portadores de información codificada se convirtió en un recurso común. El espionaje y la traición eran delitos que se castigaban con dureza, y la gravedad con que se perseguían estos actos evidencia la importancia vital que se otorgaba a la lealtad dentro de las polis. Autores como Heródoto, Tucídides y Jenofonte dedicaron pasajes a relatar episodios de espionaje, y el legado del espionaje griego no desapareció con el final de la polis clásica, ya que Roma heredó buena parte de estas prácticas.