El matcha se ha convertido en un fenómeno global, con una demanda que Japón no puede satisfacer. Las exportaciones japonesas de té verde en polvo han crecido un 75% en un año, hasta rozar los 27.000 millones de yenes. El kilo de hojas tencha supera los 14.000 yenes, casi el triple que hace un año. Empresas históricas como Marukyu Koyamaen combaten falsificaciones de su té en Amazon o Facebook Marketplace. El gobierno japonés ha lanzado subsidios para modernizar las fábricas y aumentar la mecanización, pero esto podría sacrificar la calidad artesanal que distingue al matcha japonés. China, Corea y Australia aprovechan el vacío en el mercado. El maestro del té Sen no Rikyū decía que servir una taza perfecta era un acto de armonía entre el anfitrión y el invitado. Hoy, esa armonía se busca entre mercados saturados, influencers y fábricas automatizadas. La maestra Rie Takeda prefiere verlo desde una perspectiva optimista, mientras que Shihori Suzuki advierte del riesgo de confundir la espiritualidad con la estética.