En 1612, una discusión banal entre una joven mendiga llamada Alison Device y un comerciante ambulante desencadenó una de las mayores cazas de brujas de Europa. La familia Device ya era conocida por su reputación inquietante, y cuando las autoridades comenzaron a indagar, descubrieron viejas rencillas con otra mujer de la zona, Anne Whittle. El magistrado Roger Nowell, convencido de que Lancashire era un foco de superstición y catolicismo, lideró el proceso judicial. Diez personas fueron condenadas a muerte y ejecutadas en las afueras de Lancaster. El juicio de Pendle no fue solo un caso de histeria colectiva, sino también un movimiento calculado dentro de un contexto político específico. Lancashire era una región incómoda para el poder, percibida como un reducto católico resistente a la reforma anglicana. El juicio fue una demostración de poder y un acto simbólico para mostrar que ni siquiera los rincones más remotos estaban fuera del control del Estado y de su nueva religión oficial.