Miguel de Cervantes otorgó un poder notarial a su esposa Catalina de Salazar en 1587, lo que le concedía facultades económicas extraordinarias. El documento permitía a Catalina vender bienes, cobrar deudas y actuar en pleitos, mientras que Cervantes asumía en solitario las consecuencias. La relación entre los dos estuvo marcada por diferencias importantes, como la edad y la formación. Cervantes contaba con 37 años cuando contrajo matrimonio, mientras que Catalina tenía 19. El autor había vivido cautiverio en Argel y había publicado La Galatea, mientras que Catalina procedía de un entorno rural. El matrimonio no tuvo descendencia, aunque Cervantes sí reconoció a su hija Isabel, nacida antes del enlace. La literatura de Cervantes también aportó pistas sobre su vida conyugal, ya que en sus obras abundaban reflexiones sobre el amor y las uniones matrimoniales rara vez aparecían en clave positiva. Los años en Andalucía confirmaron una vida en pareja discontinua, ya que Cervantes pasó años viajando por la región en tareas de recaudación y logística para la Corona, mientras Catalina permanecía en Esquivias.