En la Edad Media, el ejercicio se hacía para mantener la armonía de cuerpo y alma, no para presumir músculos. Los monjes escalaban cuerdas, cruzaban jardines a saltos y practicaban remo como parte de su disciplina diaria. La nobleza desarrolló sus propias formas de actividad física, como cazar, montar a caballo y practicar esgrima. Los manuales de salud, llamados regimina sanitatis, ofrecían consejos sobre dieta, sueño y movimiento. La moderación era una virtud, y correr se consideraba innecesario y peligroso. El ejercicio se hacía al aire libre, rodeado de naturaleza, y se consideraba un bálsamo para el alma. La mayoría de la población ejercitaba su cuerpo a través del trabajo físico, mientras que el ocio activo estaba reservado para las clases altas. El ejercicio era una práctica espiritual, y un cuerpo saludable era aquel que permitía servir a Dios y mantener la mente libre de tentaciones. La visión holística del bienestar de la Edad Media parece estar regresando en la actualidad.