Las redes sociales están llenas de vídeos que muestran a perros desbordados de alegría cuando esperan la visita o van a ir a la casa de sus ‘abuelos’ humanos. El fenómeno no es nuevo, pero en los últimos meses ha cobrado fuerza. Los perros parecen tener una relación especial con los padres de sus cuidadores, algo que despierta ternura pero también curiosidad. Desde el punto de vista etológico, no hay evidencia de que los perros comprendan los lazos familiares humanos en el mismo sentido que nosotros. El especialista en comportamiento canino Clive Wynne, de la Universidad Estatal de Arizona, lo resume con claridad: los perros no reconocen siquiera a sus propios parientes biológicos si no conviven con ellos. Lo que los perros sí pueden es formar relaciones significativas con determinadas personas. A menudo se sienten atraídos por quienes les dedican tiempo, muestran afecto o les ofrecen golosinas y mimos en abundancia. Los abuelos cumplen todos los requisitos para convertirse en algunas de sus figuras humanas favoritas al proporcionarles tiempo, paciencia, un entorno acogedor y, casi siempre, una ración extra de chuches y caricias. La psicología del aprendizaje nos dice que los animales repiten conductas que se ven recompensadas, y en este caso, cada visita de los abuelos o a casa de los mismos suele estar rodeada de estímulos placenteros. Disponer de una red afectiva más amplia ayuda a los perros a adaptarse mejor a imprevistos, como por ejemplo si el cuidador principal se ausenta, el animal se siente menos desprotegido porque ya tiene lazos sólidos con otras personas.