Un estudio reciente de la Universidad de Manchester y la Universidad Brunel de Londres ha demostrado que los patrones de movimiento, como la forma de caminar, hablar o sonreír, crean una huella única que facilita el reconocimiento de las personas. Esta huella dinámica se aprende con el tiempo y se refuerza con la familiaridad, lo que permite identificar a las personas incluso en condiciones difíciles. Los científicos han encontrado que la marcha y los gestos idiosincráticos son tan reveladores como una huella digital. La investigación también ha mostrado que el cerebro integra rostro, voz y movimiento para construir la identidad de cada persona. Los investigadores han identificado una región clave del cerebro, el surco temporal superior posterior (pSTS), que responde de manera más intensa a rostros y cuerpos en movimiento que a imágenes estáticas. El estudio tiene implicaciones prácticas, como mejorar los sistemas biométricos y comprender mejor trastornos del reconocimiento social.