En 1979, Japón introdujo alrededor de 30 mangostas en la isla de Amami Ōshima para controlar la población de serpientes habu. Sin embargo, las mangostas resultaron ser depredadores diurnos y no pudieron atrapar a las serpientes nocturnas, lo que llevó a la depredación de especies endémicas y en peligro de extinción, como el conejo de Amami. La situación se convirtió en un desastre ecológico, con una población de mangostas que alcanzó los 10.000 ejemplares en el año 2000. El gobierno japonés inició un proyecto de control de mangostas en 1993, que incluyó la colocación de 30.000 trampas y la instalación de cámaras con sensores. En 2018, se produjo la última captura oficial de una mangosta en la isla, y en 2024, el Ministerio de Medio Ambiente de Japón declaró la erradicación de las mangostas no autóctonas en la isla, con una tasa de erradicación del 98,8% al 99,8%. La isla de Amami Ōshima fue declarada Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO.