El acero de Damasco es famoso por su resistencia, flexibilidad y patrones en su superficie. Estudios modernos buscan entender el secreto de sus propiedades excepcionales, centrándose en nanoestructuras como nanotubos de carbono. Un estudio de 2006 encontró estructuras cilíndricas compatibles con nanotubos de carbono en una hoja del siglo XVII. Sin embargo, John Verhoeven cuestiona esta hipótesis, sugiriendo que podrían ser cementita en forma de varillas. El vanadio es clave en la formación de patrones en el acero, y su presencia en concentraciones de 10 a 270 ppm es determinante. Experimentos muestran que nanohilos de cementita sobreviven tratamientos térmicos de hasta 400 °C, pero se destruyen a 800 °C. La pérdida de estas nanoestructuras se asocia con una pérdida en la resistencia y tenacidad del acero. El acero wootz, base del acero de Damasco, se producía en la India y contenía carbono, azufre, silicio y arsénico. La ilmenita, un mineral de hierro con vanadio, es esencial para la formación de patrones. La teoría es que el agotamiento de depósitos de mineral llevó a la pérdida del conocimiento para fabricar este acero. Algunos investigadores sugieren que nanotubos de carbono podrían haberse formado durante la fabricación del acero damasceno, actuando como catalizadores durante los ciclos térmicos del forjado. Las hojas damascenas históricas tienen propiedades notables, con resistencia a la tracción de más de 1,000 MPa y dureza de hasta 950 HV.