La central nuclear de Chernobyl explotó en abril de 1986, dejando atrás perros domésticos que no pudieron ser evacuados. Treinta y nueve años después, sus descendientes siguen habitando la zona de exclusión, un territorio de 47 kilómetros cuadrados con niveles de radiación seis veces superiores a los límites seguros para humanos. Una investigación reciente encontró diferencias en más de 390 regiones genómicas entre perros que viven cerca de la planta nuclear y otros que residen en la ciudad de Chernobyl. Los investigadores consideran a los perros de Chernobyl un caso excepcional de evolución rápida en mamíferos, visible a escala humana. La población canina en la zona de exclusión se mantiene estable, con cerca de 700 perros viviendo en libertad. La organización Dogs of Chernobyl ha alertado sobre la aparición de perros con pelaje azul intenso en los alrededores de la ciudad abandonada.