En 1939, el logopeda y psicólogo Wendell Johnson realizó un experimento en la Universidad de Iowa, Estados Unidos, con 22 niños de un orfanato, 18 con problemas de habla y 4 sin problemas. El objetivo era inducir tartamudez en los niños mediante refuerzos positivos y negativos. Los niños recibían premios o elogios para mejorar su habla o presión psicológica para empeorarla. El experimento generó secuelas duraderas en los niños, como problemas de sociabilidad e inseguridad. El estudio nunca se publicó y se mantuvo en secreto durante más de 50 años, hasta que dos niñas sobrevivientes lo sacaron a la luz y ganaron una demanda contra la Universidad. El vicerrector de la Universidad Carlos III de Madrid, Luis Enrique García Muñoz, destacó la gravedad ética del experimento y la importancia de reflexionar sobre la ética en la investigación. Iker Jiménez comparó este experimento con otros de miedo inducido en niños o técnicas de racismo, y destacó que la mente puede ser moldeada de manera permanente en ciertas edades.