China está llevando a cabo un plan sin precedentes para convertir sus desiertos en centrales solares a cielo abierto, con el objetivo de alcanzar la autosuficiencia energética antes de 2035 y reducir las emisiones de carbono entre un 7% y un 10% respecto a los niveles más altos de su historia. La magnitud de la inversión es abrumadora, con millones de paneles fotovoltaicos que se despliegan sobre superficies que parecían improductivas, transformando los paisajes desolados en gigantescos campos de energía. El impacto de esta iniciativa va más allá de sus fronteras, ya que redefine el equilibrio del poder energético y posiciona a China como líder mundial en la transición energética. Sin embargo, esta ambición también genera controversia sobre el impacto ecológico y las implicaciones geopolíticas. Para 2035, gran parte de la energía del país provendrá del sol, y los desiertos se habrán convertido en las baterías del planeta.