Elon Musk, fundador de SpaceX, está construyendo una constelación orbital de 42.000 satélites llamada Starlink, capaces de transmitir datos a 200.000 millones de bits por segundo. Su meta es reemplazar la infraestructura de cables y antenas terrestres y controlar las rutas invisibles por donde circulan las comunicaciones, la economía digital y la inteligencia artificial del mundo. Starlink ya domina el mercado global con casi 9.000 satélites activos y podría independizarse de SpaceX para cotizar en bolsa, valorada en 400.000 millones de dólares. Musk tiene una ventaja que nadie más puede alcanzar y su relación con el gobierno estadounidense añade un matiz geopolítico. La red de Starlink podría convertirse en la infraestructura más crítica del siglo XXI, con un poder sin precedentes para ralentizar, priorizar o bloquear comunicaciones a escala global. El espacio se está convirtiendo en el nuevo territorio del poder corporativo, con Musk controlando el 80% de los satélites operativos del planeta.