En el siglo XVII, Madrid tenía 300 tabernas y solo 1 o 2 librerías, lo que indica que la sociedad estaba más interesada en beber que en leer. Debido a la baja alfabetización, las tabernas se pintaban de rojo para indicar que era un lugar donde se servía vino, sin necesidad de letreros. El color rojo se relacionaba con el vino y permitía a los transeúntes entender qué era el lugar sin necesidad de leer. Actualmente, algunas de estas tabernas han sobrevivido y conservan su color característico.