El Coliseo de Roma, inaugurado en el año 80 d.C., ha sobrevivido a siglos de guerras, saqueos y cataclismos naturales. La estructura, organizada en diferentes niveles, reposaba sobre una fundación monumental en opus caementicium, de más de 12 metros de profundidad y 51,5 metros de anchura. La parte que falta del Coliseo se debe a la acción de los terremotos y al saqueo del monumento para reutilizar sus materiales. El travertino se convirtió en un material muy codiciado, al igual que el mármol y el hierro que servía de grapa entre los bloques. Buena parte del travertino extraído del Coliseo terminó en monumentos clave del Vaticano, como la Basílica de San Pedro, y en construcciones emblemáticas de la ciudad, como el Palacio Venecia o el Palacio Barberini. Las restauraciones e intervenciones modernas comenzaron en el siglo XIX, con papas como Pío VII, Gregorio XVI y Pío IX impulsando los primeros grandes proyectos para reforzar el anfitetro. En el siglo XX, se introdujeron nuevas tecnologías, como el uso de resinas y las estructuras metálicas para estabilizar los pilares supervivientes.