Albert Einstein, el físico que revolucionó nuestra comprensión del universo, tenía una faceta íntima y melódica como músico devoto. Su historia musical comenzó en su hogar de Múnich, donde su madre, Pauline, era una pianista competente. A los seis años, Einstein comenzó a aprender a tocar el violín, aunque inicialmente no mostraba entusiasmo. Sin embargo, al descubrir las partituras de Wolfgang Amadeus Mozart, su imaginación se capturó y el violín se convirtió en una parte esencial de su vida. Tocaba diariamente, incluso en momentos de mayor concentración científica, y consideraba que la música de Mozart afinaba su mente como una fórmula perfecta. Einstein prefería la música barroca y clásica, y defendía el legado de compositores como Haydn o Vivaldi. Su violín, recientemente subastado por más de 800.000 libras, es una reliquia que simboliza la unión entre arte y ciencia. Einstein tocaba para pensar, para consolarse y para comunicarse, y su pasión por la música fue una compañera constante en su vida.