La bandera catalana, también conocida como senyera, tiene un peso histórico significativo y un debate detrás. Su historia comienza en el siglo XII, cuando el poder se medía en linajes. El origen de las barras rojas y doradas se remonta a Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y príncipe de Aragón, en el año 1150. Su hijo, Alfonso II de Aragón, heredó el símbolo, que pasó a conocerse como el 'Señal Real' o signum regium. La enseña condal se extendió por todo el reino, desde Cataluña hasta Valencia, Mallorca y Aragón, hasta convertirse en la bandera de la propia monarquía aragonesa. El color amarillo simbolizaba la realeza, la luz y la prosperidad, mientras que el rojo representaba el valor, la fuerza y la sangre derramada en la defensa del territorio. La leyenda del conde Wifredo el Velloso y los dedos ensangrentados es un mito romántico sin base documental. La bandera pasó a ser emblema de todos los territorios de la Corona de Aragón y, con el tiempo, Cataluña recuperó su uso como símbolo identitario propio. El 25 de mayo de 1933, la bandera fue adoptada oficialmente por la Generalitat de Cataluña, y en 1979, el Estatut d'Autonomia la reconoció de nuevo como el emblema oficial de la comunidad.