Nápoles, ciudad vibrante y caótica, se ha convertido en símbolo de cómo el turismo masivo transforma tradiciones en productos prefabricados. La estatua de Pulcinella, ignorada durante años, ahora concentra colas interminables de turistas. El centro histórico, antaño tejido de vida comunitaria, es descrito como un parque temático al aire libre. La proliferación de alquileres turísticos ha transformado barrios en un mosaico de B&Bs, expulsando a familias con décadas de arraigo. En algunos distritos, hay un alojamiento turístico por cada tres hogares. Las autoridades locales reconocen el desafío, pero denuncian que carecen de herramientas para actuar sin un marco legal nacional. La falta de un 'plan B' deja a pequeños emprendedores a merced de un mercado volátil. El riesgo es que Nápoles se convierta en un decorado vacío, un escaparate que se consume y se abandona. La ciudad corre el peligro de perder aquello que la hace única, como advierten activistas y académicos, lo que se está erosionando no es solo el espacio urbano, sino el derecho de los napolitanos a seguir siendo protagonistas de su propia ciudad. La transformación no afecta solo a la vivienda, sino también a la identidad urbana, con calles que eran ejes culturales llenas de restaurantes idénticos y negocios turísticos.