Europa lleva más de un siglo soñando con redes ferroviarias que crucen fronteras sin detenerse en aduanas ni aeropuertos. El proyecto Starline aspira a convertir el tren en el gran motor de integración del continente, con líneas que conecten 39 capitales a velocidades de hasta 400 km/h, permitiendo viajar de Madrid a Estambul o de Lisboa a Varsovia sin bajarse del asiento. El diseño de vagones pensados para trabajar, descansar o compartir tiempo en familia, junto con estaciones que serían espacios culturales y comerciales, parecen apuntar hacia un nuevo modo de vida. Sin embargo, la diferencia entre lo deseado y lo posible sigue siendo abismal, ya que carece de voluntad política, financiación y un calendario realista. Los promotores, un think tank danés llamado 21st Europe, aseguran que las estaciones se convertirían en motores económicos, como ha ocurrido en China con su red de alta velocidad. Cada trayecto reduciría en un 95% la huella de carbono frente al avión, a la vez que permitiría un transporte de mercancías cuatro veces más eficiente que el de carretera.