Madrid en agosto es una ciudad vacía, con asientos libres en el metro, huecos para aparcar y mesas sin colas en las terrazas. La ciudad se convierte en un deleite perpetuo de soledad, con parques que se agitan si los miras y fuentes que recorren la ciudad. Sin embargo, también es un lugar de letargo infinito para quienes se quedan, con taxis que se van con menos prisa que con la que volverán. La ciudad es como un mito, una Arcadia incomprendida en la que trabajar no duele y en la que se han cogido vacaciones hasta sus más ilustres delincuentes. En este sentido, Madrid en agosto se asemeja a un amigo que se encuentra con una planta como prueba de amor, pero que se marcha a la playa dejando al otro con la responsabilidad de cuidarla. La ciudad es como una planta que necesita ser regada, pero que también puede ser abandonada. En este contexto, el concepto de 'dumping fiscal' se refiere a la forma en que la ciudad es vista como un lugar de descanso y recreación, pero también como un lugar que puede ser abandonado y olvidado.