Un estudio publicado en la revista L’Anthropologie destaca el papel central del íbice en el imaginario espiritual y simbólico de culturas antiguas, desde el Paleolítico europeo hasta Mesopotamia. El íbice representaba la fertilidad y la abundancia, y se vinculaba con los ciclos astronómicos y el calendario agrícola. Su presencia en el arte rupestre y contextos rituales durante milenios refleja su importancia como símbolo cultural compartido. Los investigadores destacan la relación entre el íbice y divinidades vinculadas al agua y la fertilidad en Mesopotamia, como Enki y la diosa Inanna. El íbice funcionó como un símbolo universal de conexión entre la tierra y el cielo, y su cornamenta en espiral se asoció con el movimiento de los astros y la repetición de los ciclos lunares. La investigación también pone de relieve la continuidad de este simbolismo a lo largo de miles de años, desde el arte rupestre de Irán hasta los testimonios iconográficos del Próximo Oriente. El íbice se convirtió en un elemento cohesionador de comunidades, que veían en él una encarnación de la fertilidad y la protección divina. Los rituales en los que su imagen estaba presente funcionaban como momentos de reafirmación colectiva, en los que la supervivencia del grupo se vinculaba a fuerzas cósmicas superiores. La dimensión práctica de esta simbología permitió a las sociedades organizar su vida agrícola y social con mayor precisión, ligando el íbice a los ritmos astronómicos.